
Había una vez un niño, que veía películas de amor en la tv, y deseaba sentir esa fuerza, la de los actores, veía parejas por la calle cogidas de la mano, y deseaba ser el hombre que besara ha aquellas mujeres bellas, deseaba crecer rápido.
Ese niño, poco a poco se fue convirtiendo en hombre, y un día, recién entrado en la adolescencia, encontró una lámpara de aceite vieja, oscurecida por los años, de aquellas que ni te las miras al pasar.
Veía ancianos riéndose, disfrutando, veía familiares contentos, veía familias unidas, amigos abrazándose, veía cosas bonitas, veía el brillo en los ojos de quien le rodeaba, veía como la vida era sencilla.
Él la cogió con sus manos, la frotó con su manga del jersey y de repente apareció un genio (realmente era Elvis Presley, pero nadie se lo habría creído), el genio le dijo que le concedería un deseo, sólo uno, que se lo pensara bien.
Este chaval lo pensó y pensó, pasado un tiempo, llamó al genio, y le susurró su deseo.
Al paso de los años, ya pasada la treintena, en un viaje a París, este chico visitó el cementerio de Père-Lachaise, una tarde de invierno, con un frío tremendo, y se detuvo ante una tumba destrozada, sosa, con una rosa sobre ella, estuvo escuchando música en silencio, y en su interior escuchó una voz de alguien que jamás había escuchado, le decía:
- Tío, vive la vida, vívela, no mueras en vida, Elvis me ha dicho que venga a decírtelo.
Jim Morrison le dijo eso.
Ahora, Este chico a visto concedido su deseo. En su vida has aparecido TU.
El deseo que le pidió, después de mucho meditarlo, fue:
- Elvis, digo Genio, mi deseo es ser feliz.
- Concedido.